Hay tanto que abruma, quisiera llevar, encontrar en esta caja de Pandora una llave real, que permita cruzar ese puente colgante tan frágil, entre el mundo caótico y absurdo, y el de los sueños, los recuerdos, esa ausencia entre ambos, deseo recortar el camino y dejar huella en palabras, amalgama desabrida, tanta experiencia de los sentidos.
Por estas tierras se hace real, cada viaje en el tiempo, cada estatua de sal. “Y aún así no puedo escapar, no puedo dejar de mirar hacia atrás, y las puertas abiertas de Sodoma y Gomorra amenazan con devorar, con tragarnos en un bostezo de Leviatán, maldita bestia, que ronronea desde lo oscuro de esta catedral, aún cuando el cielo me regala su fuego, su luz, y el despertar que parece tan lejos, con este almíbar relamiendo muslos de arcilla, cal, de mis pestañas, caen memorias con la fluidez de la lluvia que deja estrías en el bello cutis de mi tierra curtida, como todas las creaturas que salen escupidas de su vientre y huyen despavoridas hacia un hoyo 19 en brazos de un padre celeste tan cambiante como invisible, y corriendo las nubes para vernos mejor, yo me fugo con la luna, él se lleva mi voz, y me ayuda, y me inspira, y me ciega, y me castiga, de ellos aprendo el amor como lo entienden los dioses que vibran en mi interior, la ley dictada por las plantas de mis pies, la espada en mi vientre, las plumas en la corona que juega susurrando a mis oidos (y en el medio olvidé a mi familia, corriendo, por estos laberintos, quedé primero y último en un juego que nadie más jugó) e intenta tomar el control de mis manos como mazos de hierro y cuñas para robar de este mundo plastilina todo cuanto hay a mi alrededor para hacer alquimia una poesía y la melodía póstuma de un adiós.
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