Puentes, cientos de puentes, fueron necesarios luego de aquello.
No recuerdo ya su nombre, estaba demasiado ebrio cuando el viejo contó su historia junto a la basura en llamas.
Tendría unos veinte años, veinticinco a lo sumo, estaba envenenado de smog, intoxicado de muerte por tanto tiempo en su gran cementerio, tantos fantasmas sangraban en su voz, gritando detrás de sus pupilas…y viajó, viajo lejos siguiendo el sol, y terminó en un poblado al sur. Cruzó el río en una canoa prestada, ya la quietud, el cielo abierto y la bondad del lugar lo iban liberando del monstruo carcelero. Bajó a tierra, empujó la canoa y después de un respiro leve, se echó a correr. Corrió cuanto pudo atravesando las ramas y dejándose atravesar a su vez por cada espina, cada fibra, cada insecto del lugar, hasta que el arcoíris sobre su cabeza murió, y mil luciérnagas se encendieron.
Era de noche, no sabía cuanto había corrido, y el frío, clavó sus garras en la lumbar y subió serpenteando hasta la nuca por la médula espinal. Dos días habían pasado, bastante descompuesto estaba el entonces joven viejo, sin experiencia para cazar, ni pescar, sin saber qué raíces alimentaban y cuáles envenenaban, masticando broncas aún en esa condición de cadáver. Huyendo de los jabalíes, temiendo a lo pumas, agradeciendo el cuchillo, en fin, ojala hubiesen estado allí como yo, como yo fui él cuando lo contó, y sobre todo el día de la voz.
No sé bien como ocurrió, ya venía con miedos varios, muchos cuerpos por aquellas tierras, hasta que olvidó todo y llegó al estanque. Respiró barro y verde, comió agua, pisó aire y siguió, primero creyendo que era suya, pero no, este no era él, y siguió por el sendero que nunca estuvo marcado convencido de llegar a donde quería, debía o podía llegar. Fue allí que lo vio, sonriendo en plena sombra desde un tronco cortado a mitad del río, con una pipa en la boca y un hueso en la mano, (con la otra me iba invitando), y fui. Era como un niño anciano, lo llamaré El Duende.
Crucé el río caminando sobre el agua hasta él. Me dio de comer, de beber, de fumar, abrigo de pieles y su amistad…o eso creí.
La luna estaba llena, satisfecha, saciada de cualquiera fuese su alimento. Luz, dijo el duende, la fría dama devora luz a la tierra, le roba sol y nos convida migaja, mirá, prestá atención! Me decía, me decía pero yo no oía, hablaba raro el duende y me cansaba, y todo, todo lo que me contaba, sonaba a mentira, me recordaba a vos, y luego me aliviaba “estoy acá, estamos todos acá, mirá cuantas almas sonriendo, mirá cuanta gente linda se encuentra en el cielo y devuelve parte de la luz que toman en parte del gran alma, del árbol dorado. Y se hizo de día en un momento, el frío se iba de mi cuerpo y el té hacía cada vez más efecto, me llenaba el pecho, me saciaba de luz, y tan preñado de amor estaba que la emoción me desbordaba, la risa se me escurría jugando con los cabellos del trigo, y la energía salía pura por todos mis poros. Era un nodo, una estrella a mitad del camino de la luz de un punto del infinito a otro, donde habría una boca-estrella-nodo que daría luz a otro ser, a otro punto cardinal cualquiera en una coordenada lejana o quizá, volviera a mí, y sentí, que además del sol, la tierra vibraba, latía debajo de mí y el viento me recorría todo, infantil, curioso, metido, juguetón, intrépido explorador fui, niño otra vez, niño al fin, niño in sed de carne mutilada, con hambre voraz de texturas, colores y planos, de aromas cargado el ambiente y el agua, que joven se deslizaba por toda mi piel, me hacía de escudo, de abrazo y de manto, saltaba libre, chocaba, chocábamos para deshacernos, para abandonarnos a la corriente y ser, fluir, como todo este gran amor que emitía aureolas purpúreas, naranjas y amarillas multiformes, desde los árboles y las piedras, mucho más allá de mi voz. Mi voz, expresión musical de mi ser interior, grito de guerra, rugido y ronroneo, mi caricia al viento, mi juego en su cuerpo ¿y la voz? ¿Dónde estaba el duende?¿Qué parte de la isla es esta?¿Hace cuánto estoy hablando solo, andando solo? Y entonces sucedió. La noche cayó violenta tras el amanecer, el mediodía y el ocaso más hermoso de mi vida, la noche cayó y había sangre en mis manos, y mucho, mucho barro. Sabía que había comido más que frutos, las imágenes comenzaban a agolparse en algún sector entre mis manos y el lado más oscuro de mi cerebro, apenas por fuera de las pupilas. Había cometido un asesinato, varios, variados, terriblemente puercos, como todo bellísimo charco de sangre y no eran frutos rojos, y el té no era de vainilla, y ese desayuno no fue aloe-vera, y yo ya no era yo hace meses ¿Y el duende? Me pregunté una vez más.
Comencé a recordar sus palabras, ahora estaban más claras, ahora entiendo lo que buscaba, pero la noche es una mujer depravada, y mi alma estaba demasiado sensible, demasiado receptiva como para evitarla, y recordé los amigos, los buenos momentos, los miles de conocidos, el patio de casa, la vista de mi ventana, de mil ventanas, y fuimos tantos esa noche y tan lindos, y fuimos todos olvidados para ser bienvenidos, el ciervo, el lobo, el búho, hermosos amigos, que ahora se hacen bruma y la luna, es apenas una cuña, cuarto menguante, decadente, impaciente, inquietante. La luna estaba muriendo y el hermano del bosque también, y pensé que no hay lobos en la zona, ni ciervo, ni búhos ¿y duendes? Maldita sea! MalditaMente! ¿Hace cuanto que estoy hablando solo?
Me hallé en el estanque tiritando, trastornado pensando, sintiendo, sabiendo, que esta oscura voz no me era extraña, si bien no era mía, claramente venía de adentro, y me decía “siempre, siempre has estado solo, hablando para ti mimo a oídos sordos, a corazones llenos que no rebozan lo suficiente como para derramar algo de luz, sobre tu hueco, ese tétrico callejón, cubrirlo como miel por dentro, suavizar esas paredes de lamento. No! Corazones angurrientos, nada puede ofrecérseles pero todo toman de ti, beben de ti y te vacían, te dejan tirado, muriendo, sufriendo, preguntando ¿Por qué?...
Y yo te pregunto a ti mi hermoso niño ¿Para qué? ¿No ve que la ciudad te seguirá a donde quiera que vayas? ¿No ves (y mientras la película avanzaba no tenía a mano un stop) que estás encerrado? Que siempre estuviste creando paredes a tu ser aislado, que ya conoces este lugar hace rato ¿No ves acaso, que soy el único que te entiende, que te ha salvado, que te ha traído hasta aquí? (la voz calló de repente, había hablado más de la cuenta y en u entusiasmo, dejó ver el ajedrez que sin saber había estado jugando, que era él quien me mantenía encerrado, él tenía las llaves y ahora, que había visto el tablero y entendido el reloj en todo su esplendor, en todos sus sentidos, ahora que ya no era un oculto podía desafiarlo, y aún con todas las chances en contra, sabía que podía ganar).
En medio de esta guerra campal me encuentro, cuando me doy cuenta y le comento a mi oponente, que recuerdo, el día en que nació, a lo que (matando el frágil peón) respondió: “Estoy ahí incluso antes de que nacieras, estoy aquí aún antes de que hubiera un mí”, tenía razón, lo que pasó por mi mente fue el día en que se alejó, en que me separé de este querido amigo, para no compartir su inmenso dolor, el día en que supimos que íbamos a morir. “Dust in the wind” comenzó a cantarme al oído mientras jugaba con el alfil. Jugamos mucha partidas, cuando más parecía ganarme e retiraba de la mesa, anunciaba tablas, y la noche se hizo larga, tanto que no registré los soles antes de aquella manta macabra.
La luna no estaba, se había ido sin mí, sin avisar, se había llevado toda la luz o agotado de dar ¿Se habría guardado un poco? ¿O acaso ella también se quería suicidar?
Cuando la oscuridad atravesó mi débil aura entró por todos los exacerbados sentidos, y se extendió como un cáncer de alquitrán hasta cubrir mi piel, apenas mis ojos abiertos, de a poco dolían, me hacían tanto daño…
Desperté, el corazón se me ramificaba latiendo por todo el cuerpo y casi escapa rompiéndome el pecho. Estaba a orillas del Río Negro, la canoa encallada, con provisiones y remos, sospechosa escena, pero el cuerpo no me permitía dudar si estaba envenenada, y la nota se escurrió por el suelo hasta la esquina de la canasta más cercana a mi pie izquierdo. “Construye puentes, puertas y ventanas”, nada más. La comida era buena y fresca.
Comencé en contra del sol a remar hacia donde nace para llegar al pueblo. Comencé al mimo tiempo, a recordar algo más que un extraño sueño. Estaba corriendo siguiendo una figura, un último haz de luz caído de la luna y llegué al río, vi una pluma, hecha de vida pura y salté in pensar a rescatar al ángel, mi precioso ángel ¿Qué más podría ser?
Y el agua se me hizo liviana, pero a oscuras el fondo parecía infinito detrás de aquél bellísimo rostro que empalidecía en la penumbra. El agua era como aire amigo, me sostenía en mi caída hacia el vacío y se metía en mi cuerpo furtiva, me estaba ahogando y la sombría muerte “se extendió como un cáncer de alquitrán” y logré, aún así rozar su piel, la yema de sus dedos, la palma de mis manos y me vi, con las alas rotas naufragando te vi, al espejo indagando, cuanto hay de mi en ti, amor, inmenso amor, las ganas y el dolor, mi único puente hasta vos, tu mirada mi única ventana y la voz, nos hubiese hecho de puerta si la casa no hubiera quedado inundada, y cuando entendí, que más allá de todo podía elegir, mis ojos se cerraban, y cuando comprendí que no había más aquí que venir a parir luz, tu imagen amor se borraba, y cuando casi salí de mi que es allí también aquí y ahora, tu cara se transformaba y a pesar del agua, cuando al fin nos reconocí brotaron desgarradoras mis lágrimas, y cuando vi que el laberinto y sus paredes me daban cobijo y libertad de hacer de esta isla mi escapada, mi paraíso, mi alma, mi fiel amigo clavó sus garras, me limpió de hongos y ordenó en un placard todos aquellos viejos cuerpos en descomposición.
Me ayudó a ponerme en pie, me miró frontal en el reflejo del estanque, y en ese instante supe quién tenía la llave, caí rendido junto a la canoa varada en un sauce, después de meterla un poco en tierra y cargarla.
En el pueblo fui bien recibido, no me animé a preguntar nada, todos estaban felices de que hubiera vuelto, aún tenía el cuchillo, algo de ropa y parte de mi cuerpo. Nadie parecía preocupado, nadie me trataba distinto, así que ayude con lo que podía, agradecí a todos de corazón y partí, de regreso a mí, sin un rumbo fijo pero muy claro.
De las rutas de afuera desconfío, sigo siempre las de adentro, construyendo puentes con palabras, puertas con la voz, ventanas con la mirada y sobre todo siendo sol, deshaciéndome de tanto amor, hasta la última pluma de vida, hasta que mi ángel resista, coseré las alas de luz de todos mis hermanos, aunque me ahogue en el intento, aunque me sangren las uñas, los ojos, el ego, las manos, hasta que me tape la boca el barro, con tal de sembrar en vos un poco de todo lo que he recolectado y si es posible, llevarme una semilla de tu árbol y si es posible regarnos, crecer, rebalsar, saciarnos, “quiero darte todo porque tu me das algo, algo que me alivia un poco más”, mucho más, me llena, y me vacío sólo, para seguir teniendo una excusa, como cada cosa que hago, para llegarme a ti, a vos, para encontrarnos, TE AMO!
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1 comentarios:
y siempre llega un momento en que ya todo suena igual...no voy a desistir
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