23/2/10

Comunicación oral y escrita - Final.

No era la primera vez que se peleaba en mi lugar. Saqué la recortada, me tomé mi tiempo para salir del mostrador, pararme atrás del Gallito y quedar mirando al rostro de su asustado contrincante, cubierto con la salsa de lo que minutos antes, lo miraba corajudamente a los ojos.

Perdón, cierto que esa es otra historia que escribí, la que viene a continuación es menos sanguinaria, y lejos menos atrapante, pero es una historia al fin, y parece buena para este trabajo.

“…No voy a contar la historia de la forma en que sucedió, voy a contarla del modo en que la recuerdo”. (Great Expectations, 1998)

“Conduce la autopista, hacia el Oeste”, la voz sonaba en mi cabeza, y la música… ¡OH esa música!, de pagana iglesia y místico trance. La reveladora visión del mundo de aquel sacerdote, que en metáforas futuristas, describía el mundo que lo rodeaba y anunciaba su destino.

Me distraen, aparto la vista de la película y respondo a la pregunta. Indagan sobre mis perspectivas políticas, (años de palabras vacías habían sido detenidos y reformulados en una charla, mate por medio, con mi portal).
Dejo atrás mi ermitañez, acepto un tereré y me uno a la conversación. Jugamos al veo veo dentro de nuestra nave; a adivinar el color del próximo auto en cruzar; a inventar frases con las siglas, de las patentes de los vehículos en proa (formando chistes como Joaqui Huele Feo), y todo aquello que pudiera alivianar el viaje al despabilado muchachito del asiento trasero.
De ser un cuento borgeano, probablemente el niño crecería hasta eventualmente convertirse en mí. Pero lamentablemente para el lector, si bien el sujeto en cuestión, se asemeja considerablemente (en aspecto, intereses y comportamiento) al niño que fui, sólo se trataba de mi primo Joaquín.
Paramos a comer. Hablamos algo de mi vida durante el primer año en Buenos Aires, ordené un milanesa, mientras sonaba de fondo un partido de fútbol y la situación de los cortes de ruta, felicitamos al cocinero y seguimos camino.

Reclutamos la tripulación faltante y abandonamos General Roca. A medida que avanzábamos, quedaba a nuestras espaldas mi antiguo escenario. Mi Río Negro que supo ser océano, mi selva en el patio de casa, mis bardas antaño montañas, y la gente, que fue público y actor.

Antes de llegar a Bariloche, nos detuvimos en Piedra del Águila. Mis viejos saludaron a un conocido de Roca que no veían hace un largo tiempo, yo escuchaba Ismael Serrano en el auto y los dos grupos restantes cargaban combustible, repartían yogures contrastando con puchos entre los grandes y dulces para los más chicos.

En el trayecto recuerdo a Joaquín dormido, justo cuando nuestros ojos tomaban la fotografía del Lanin rodeado de un cielo despejado y erigiéndose entre las montañas más cercanas. Recuerdo “pájaros en la cabeza”, mi viejo apurado enojado con los camiones, mamá dormida con joaqui y mis aisladas casas de ensueño apareciendo por doquier.

Llegamos a Bariloche, Nati buscó pasaje de vuelta en la Terminal, y seguimos por las floreada y pintoresca avenida hasta alejarnos del centro.
El paisaje comenzó a verse más bello. Paralelamente a la ciudad parecía comenzar una villa, unida por un camino que dividía las montañas a nuestra izquierda y el Nahuel Huapi a la derecha. Otro aire trajo aquél suspiro, una sonrisa y un sentimiento de bienvenida que emanaba del ambiente.
Doblamos hacia las casitas, preguntamos a cierta gente por las cabañas (mejor dicho por su dueña), y comenzamos a bajar el lastre.

Las horas que permanecía en la cabaña pasaban entre sueños, timba e inventos didácticos con los chicos (mentira, correteaba y reía como uno más de ellos). Si bien lo del sueño me tenía encantado (sepa que padezco y gozo de insomnio), algo faltaba durante las excursiones, algo que entendí cuando mi viejo guardó enojado sus cañas de pescar bajo los regaños de mi madre diciendo que era un viaje familiar, no una excursión de pesca.
Soledad, sé que la necesito, pero estaba tan entretenido con actividades diurnas junto a una parte de la familia con la que menos he compartido, y tan contento con mí dormir, que no lo había notado. Llevaba días sin quedarme a solas, sin tomar nada del lugar.

Fui comprendiendo mi estado de inercia en las excursiones. Los deseos del resto por “aprovechar al máximo” la estadía, hacían que recorriéramos diversos paisajes cargados de belleza, sin detenernos lo suficiente en ninguno como para retener una imagen en concreto. Si hubiera tenido que pintar un cuadro sobre el viaje, hubiera sido un manchón verde, un pedazo de cielo y algo que emulara tierra, o bien, parte del camino.
Entendí a mi viejo, no quería pescar, quería detenerse a pescar. Tocar el lago, mirar el cielo respirando el aire que cada sitio tenía en particular, recorrer con la vista el área hasta adueñarse de ella, y verse a la vez dentro.

Así es, que después de un par de escenografías borrosas, decidí faltar a uno de los recorridos, y caminar hasta una playita que había fichado antes de dirigirnos a las cabañas.
El único individuo con una guitarra a cuestas y un cuaderno, que pisaba la arena. Me senté y comencé, un poco por vergüenza y otro poco por respeto, a cantar en voz baja y tocar suave.
Respiré cada objeto del lugar y hasta toqué las montañas que divisaba cruzando el lago. Lo dibujé, exactamente desde el punto donde me encontraba con la idea de volver con los años y encontrarlo utilizando el dibujo a modo de mapa.
En frente había una casa. La compré, la recorrí, agregué al patio delantero una pista de equitación. Dejé la hoguera del hall y el interior en piedra y madera. Reservé la habitación más grande para equiparla con pool, tejo de mesa, flippers y dispensers de bebida. Organicé una fiesta con amigos, e invité mujeres que aún no conocía. Me vi desde otro cuerpo, sentado como estaba, como una sombra que se escurría entre las ventanas, (recordando esa película en la que Mel Gibson hace de un profesor con la cara quemada, sobre el que la comunidad había inventado decenas de pecaminosas vidas pasadas).
Salvé en algún momento a una hermosa señorita, guiándola de regreso a la playa, a través del bosque y las piedras.
Volví, había terminado el dibujo, y comprendido la sensación de bienvenida de aquél suspiro. Estaba en casa.
En este estado de comunión con la naturaleza, comencé a escribir una canción, que cambió de flamenco a power metal de un momento a otro y sin previo aviso. Hablé de mí, no incluyéndome en una historia, no haciendo referencia al lugar ni al momento, sino en una mezcla de confesión y carta de presentación, donde exponía ciertos planteos y conclusiones que ya venían circulando en mi cabeza.
Seguí tocando, no junté deseos suficientes de integrarme a algún grupo, y caminé a la confitería que venía mirando con cariño. Me senté, dejé las cosas a un lado, e indebidamente atendiendo una conversación ajena en francés, pedí una verde de litro y palitos o maní.
Con una paz tal, que deformaba las horas, noté que al tiempo se sentaron dos inglesas en la mesa de al lado. Recuerdo que decidían donde salir esa noche, y un águila, ¿en su hombro? ¿Volando cerca? ¿De juguete? ¿Disecada y tendida sobre la mesa?, no lo sé, las imágenes comienzan a perderse.
Unas nubes taparon el sol y acordaron con el aire refrescar el momento lo suficiente como para hacerme levantar, y volver a las cabañas.

Creo que habían sido dos cervezas, creo que pensé en volver después de cenar, creo que llegué, convencí a mi tío de cantar con la guitarra, y al resto de comprar algo de tomar y sentarse a jugar al póker.

Una vez emprendida la retirada, transitando el camino hasta El Auditorio (formación natural como de semi-cráter), escribí o mejor dicho plasmé la idea que había empezado a la ida, maravillado aún como la primera vez con la vida que me rodeaba.

“Su vientre se esparce por ondeadas praderas
Sus pechos de nevada primavera, se abren en flor
El vaivén de sus caderas por diversas rutas lleva
Sus caricias de agua, y cambiante voz
Sus nalgas enmudecen tendidas al sol
Los árboles aplauden cuando entona su canción
Natura tiene un ritmo, y para darle sabor
El verbo se hizo carne y una musa nació
Gaia en busca de vida, se dirige hacia la luz
Yo no vivo sin su bebida, yo mismo clavo mi cruz
Sus ojos de cielo inalcanzable
Sus negras pupilas de brillante eternidad
Sus rojos incandescentes
Sus turquesas, sus rosas, su paz
Su vestido de mar, con doblés de espuma
Su boca de sal y curvas de duna
La perfección de sus defectos
El pulso de sus sangres
La verdad de lo inmenso
El vuelo de sus aves
La belleza
En las sombras se dibuja una silueta
A la luz de una vela, algún puño traza una letra
La frialdad del azul y el plateado
Dejan suaves pieles inmersas
En la tímida intimidad
Se corre un telón, y suena un piano
La imagen se congela
Su sol no parpadea
El arte comienza”

Leyéndola hoy, suena a pobre poesía estirada, mediante metáforas incoherentes o surrealistas. La verdad, es exactamente lo contrario, logré pintar un cuadro con letras. Como dijo un artista plástico moderno, acaso varios, lo importante no es el tema, el tema acota la libertad del cuadro (como en este caso), lo que debe recordar el artista es la impresión, aquello que hirió su sensibilidad.
Hoy, y cada vez que leo esta poesía, veo una por una las morfologías que análogamente se repetían en la naturaleza, que se repiten, y seguirán imitándose en ciclos, en espacios y texturas diferentes, Ella.
La mujer que en todas veo, es una musa acosadora, ilimitadas piezas he escrito, y para mí, si bien cada una evoca una imagen determinada, es al fin y al cabo, un solo gran poema.
Es así, que mis palabras suelen agradar a conocidos y extraños, logro transmitir los ojos con los que vi (de niño asustado, de amante apuñalado y traidor, de paz, de intriga e impotencia, de expectativa o decadencia), pero jamás lo que vi. Cuando, mediante explicaciones puedo llegar a pintarles un qué, aniquilo las libertades de la obra, es para mí un vacío (que al ser de todos no pertenezca a nadie), y aunque aún es mío el cómo, el porqué de las palabras y oraciones elegidas, el cuadro se desdibuja en los ojos de cada nuevo intérprete.

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